miércoles, 21 de septiembre de 2011
Formas del horror... (XXIV)
La noche era hermosa. La Luna llena iluminaba al mundo, brillando clara entre las montañas. Entonces lo vi, y mi entendimiento se negó a creerlo: el colosal ser surgido de las profundidades, que de un fabuloso salto se tragó el satélite. Condenando a nuestro planeta a una oscuridad eterna.
De seres fantásticos... (XII)
El chico leía tan apasionadamente que cuando dejaba de hacerlo, por puro agotamiento, los personajes del libro se veían envueltos en un bucle. Teniendo que vivir la acción del párrafo abandonado una y otra vez. Hasta que aquel muchacho tan apasionado regresaba al libro y los liberaba.
martes, 6 de septiembre de 2011
Del libro de los muertos y de los que van a morir... (III)
Al final lo había hecho. Había preparado el baño con agua caliente y una vez dentro se había cortado las venas.
No había necesitado más ritual. No hubo velas, ni copas de cognac, ni notas de despedida. No había ya nadie a quien decir palabra. No hubo lágrimas.
El agua se tiñó de rojo rápidamente y rápidamente comenzó a sentir un dulce sopor. Se durmió. Y luego se despertó.
El agua se había quedado fría. Estaba helada y la mujer tiritaba. Ya no manaba sangre de las muñecas abiertas.
Se echó por encima una toalla y se deslizó vacilante hasta la cama. Se tumbó; tiritó un poco más; miró al techo, a su gato japonés de la buena suerte llamando con su brazo; miró al reloj; miró sus heridas; se debatió un rato en pensamientos que no podía asir. Y a la mañana siguiente se despertó. Todavía viva.
Lloraba. No había dejado de llorar toda la noche. Durante el sueño, agitado, y ahora en la vigilia. Comprendía muy bien qué había ocurrido, aunque prefería no pensar en ello. Ni mucho menos verbalizarlo.
Sólo había caminado un poco, como Parsifal, y sin embargo había avanzado mucho. Quizás demasiado.
¿Con quien podría compartirlo? Nadie lo entendería. De eso estaba segura. Pero ¿Y si todo había sido una equivocación? Una mera confusión de sentido. Un chiste extraño y cruel. No, había ocurrido. Lo había hecho. Kaput. Finito. Terminado. Y sin embargo ¿Qué había cambiado? Todo parecía igual. Las mismas sensaciones. El dolor, el dolor, siempre el dolor. Y el miedo. Entonces ¿De qué había servido todos aquello?.
Volvió a llenar la bañera de agua caliente. Volvió a meterse en ella. Volvió a cerrar los ojos. Volvió a despertarse helada.
lunes, 5 de septiembre de 2011
Del libro de los muertos y de los que van a morir... (II)
Daba mucha penita verla. A la niña le había dado una especie de ataque, una parálisis cerebral. Algo extraño. Los padres se la habían encontrado en el pasillo: de pie, inmóvil sobre un charquito de orina y con los pies descalzos; el camisón blanco manchado de esa misma orina; los brazos flojos colgando como cuerdas; el cabello rubio suelto, sucio y sudado, se había vuelto blanco; la cabeza ladeada sobre el hombro, temblando en un interminable proceso nervioso -Esto era lo que más hacía llorar a la madre-. El rostro, lívido, los labios contraídos en una estrecha línea continua y los pómulos infantiles deprimidos. Lo que más hacía llorar al padre eran los ojos: unos ojos desmesuradamente abiertos, grises y rojos, miraban donde la mirada humana no podía penetrar, hacia un no-lugar. Sus ojeras eran moradas y negras y azules y convertían sus cuencas en cráteres o entradas al infierno. Las miradas ajenas que se posaran en ese horizonte de acontecimientos se perderían sin remedio como en un agujero negro.
La recluyeron en su cuarto con sus posters, sus muñecos, sus cosas, el obstáculo de su nuevo estado y el miedo.
La influencia de la puerta cerrada inundó la casa y todo se volvió lúgubre. Cegaron las ventanas. El susurro se convirtió en el lenguaje y los ataques de ira y llanto. La guerra psíquica. El acceso a oscuros rincones mentales. La vida en las esquinas.
Durante el día la situación todavía era tolerable: la niña yacía en el cuarto, la madre leía en su habitación y el padre bebía en la cocina. Al llegar la noche llegaba la caída. La chica comenzaba a levitar sobre la cama, la madre a cuchichear y murmurar su gorigori y el padre por lo general estaba ya demasiado borracho para enterarse de lo que pasaba.
Alguna de esas noches la muchacha aparecía en la habitación de los padres. Inmóvil, plantada delante de la cama. Mirándolos desde aquellos ojos perdidos. El dedo índice de su mano sobre los labios -¿Les estaba mandando callar? ¿Querría compartir un secreto?-. La cabeza, la cabeza era una batidora. La observaban en la penumbra. Estaban muertos de miedo. Su pequeño amor se había convertido en una quimera. ¿Qué era su pequeño amor?. Las manos palpaban el vacío y la oscuridad buscando la lámpara en la mesita. Una luz. Tanto necesitaban una luz. Y entonces era todo peor: entonces se cercioraban de que aquello era real.
Otras veces, cuando el hedor se hacía insoportable, la madre tomaba en brazos a la muchacha y la llevaba hasta el baño y la bañaba. Era el único momento en que no tenía miedo porque le recordaba cuando la niña era un bebé. Y el bebé le sonreía y estiraba sus bracitos regordetes para acariciar su rostro. La madre entonces le sonreía y le cantaba esperando que su canto rompiera el hechizo. Nunca lo hizo. Acariciaba el pelo de su hija y frotaba suavemente con jabón su cuerpo níveo. La ternura se apoderaba de ella y era entonces hasta capaz de mirar aquellos ojos que no se habían vuelto a cerrar. Y que ella no se había atrevido a volver a mirar.
Uno de esos días la niña comenzó a sangrar. La madre cesó su canto y miró sus manos rojas y gritó. La sangre manó como un río, un torrente, en profusión. Brotó de su sexo infantil, de su boca, sus ojos y de los poros de su piel. Y cuando hubo rebosado el baño, ya no sangró más. La madre resbaló, cayó en el líquido rojo y volvió a gritar. Creyó volverse loca. Quizás lo hizo en aquel momento. Aulló el nombre del padre y él vino y vio la escena y no dijo nada. Todo se quedó en el interior. Tomó el cuerpo de su hija -¿Era eso su hija?- y la sacó del baño y la llevó a su cuarto y la metió en la cama y cuando la madre dejó de llorar y de aúllar ambos la cubrieron con una sábana y la dejaron allí. Y la chiquilla volvió a sangrar durante la noche. Y por la mañana la sangre había empadado la sábana y formado una costra dura o postilla que envolvía el cuerpo infantil. Como una crisálida, como una ninfa.
Decidieron no volver a entrar en la habitación. Esta vez ya no. No volver a hablar de ello. Nunca más. Olvidar. Negar. Quizá así desaparecería.
Y desapareció. Días después encontraron la puerta abierta de la habitación. Y recordaron y hablaron de ello, en susurros, sin saber qué hacer, y volvieron a entrar atenazados por el miedo. El miedo a su hija querida, a aquello en lo que se había convertido su hija querida y a lo que no se habían sabido enfrentar. Pero la niña ya no estaba en la cama. No estaba en la habitación. Sólo encontraron la colcha manchada de sangre reseca y la sábana rajada. Se miraron sin comprender y sin encontrar comprensión en la mirada del otro. Nunca lo habían hecho. ¿Así que de éste modo acabó? Se dijeron, sin alivio, sin consuelo. Esta vez sin emoción.
No repararon en la sombra sobre sus cabezas.
sábado, 27 de agosto de 2011
Del libro de los muertos y de los que van a morir... (I)
Un hombre viejo encuentra una piedra en el parque, la recoge y la lleva a casa. Se pasa toda la tarde con ella en la mano y durante el duermevela trata de recordar algo indefinido, caliginoso como una neblina. Algo que, efectivamente, tiene que ver con esa piedra insignificante. No puede. Se duerme.
Al día siguiente vuelve al parque, como todos los días, y en el lugar donde encontró la piedra vuelve a hallar otra. Exactamente igual a la primera. La recoge. La mete en el bolsillo de su chaqueta. Se encamina a casa apoyándose en su bastón. En casa los recuerdos no llegan.
Pasan los días, siete. Ya tiene nueve piedras. Idénticas. Al décimo día descubre a un hombre de unos cuarenta ó cuarenta y cinco años depositando una de sus piedras en el mismo lugar. Sin embargo no dice nada, no actúa. Espera a que el hombre se haya marchado y entonces toma la piedra. Parece perplejo. No ha reconocido al hombre. No comprende.
Han pasado algunas semanas, un par de meses, y no ha vuelto a ver al hombre. No obstante las piedras no han faltado.
Una mañana vuelve a verlo: un hombre deja la piedra en el lugar de siempre. Sólo que no es aquel hombre de mediana edad. Este es un hombre más joven, de unos veinte ó veinticinco años. Sin duda se parecen, quizás sea el hijo del hombre. Decide mantenerse en silencio. Observando. Quizás vuelva el hombre mayor, y entonces le hablará. Entonces sabrá.
Mientras tanto las piedras se van acumulando sobre el escritorio del viejo. Son bellas. Pulidos cantos de río ovalados; grises y blancos como su pelo. Pero no hablan. No le hablen. No le dicen nada. No recuerda.
Ha pasado más de un año. Toda la actividad del viejo consiste en acudir al parque y esperar. Y recoger sus piedras, sus cantos. No sabe si desea saber. No sabe que desear. Todo está bien así.
El día de su cumpleaños -el día que cumple noventa años- vuelve a verlo. Es un niño. Deja la piedra en el mismo lugar de siempre. Entonces sale de su escondite y le grita algo al niño y gesticula. El chaval sale corriendo y se lleva la piedra.
El hombre viejo vuelve a casa. Una gran tristeza le embarga el alma. Hoy no tiene su piedra. Siente que algo se rompe en el continuo espacio-tiempo. Que algo se rompe en su interior. ¿Cómo es posible que algo tan insignificante como esas ridículas piedras sean tan poderoso? No sabe que responder. Se tumba en la cama vestido; pone boca abajo la foto de su esposa muerta y abre su ajado álbum de fotografías familiares. Entonces lo ve: ¡Es el muchacho que echara a correr! ¡Está ahí, delante de él! ¡Es él mismo sonriendo desde un retrato sepia en el parque!.
Ahora lo comprende: ha sido él siempre. No hay más que decir. Cierra el álbum. Cierra los ojos.
martes, 24 de mayo de 2011
Caminábamos como los vivos... (IV)
La niña enferma yacía en la habitación. Calva, postrada y en penumbra. La luz era demasiado para ella. Sonreía con una mueca gris y amarilla. Miraba la ventana. La ventana era demasiado para ella.
Habían colocado allí su vieja muñeca. Calva, gris y amarilla. La muñeca asomada a la ventana. La niña enferma hablaba con la muñeca. Y la muñeca no decía nada. Miraba la calle y callaba. ¿Que otra cosa podría hacer una figura inanimada?
La niña enferma le preguntaba a la muñeca si veía llegar a la madre. Y ante el silencio en el cuarto, imaginaba oír el ruido de la llave en la cerradura de la puerta. Pero sólo era el ruido de la fiebre y la visión en la pared. La visión era gris y amarilla como la niña enferma. Era una forma grotesca. Así, diás y más días.
La niña enferma preguntaba a la muñeca calva a ver si veía a sus antiguos amiguitos, abajo, jugando en la calle. Hacía mucho que no venían a verla y seguro que habrían crecido mucho. La muñeca, evidentemente, no decía nada. La muñeca calva sólo miraba por la ventana.
La mamá casi nunca estaba y la fiebre regresaba. Todos los días, con la visión. Y la visión comenzaba a hablarla. Al principio la niña enferma se subía las sábanas hasta la boca y se cubría. Pero miraba con los ojos abiertos como mundos y preguntaba a la muñeca inmóvil. Y muda. Decididamente estaba muerta de miedo.
Un día comenzaron los golpes en la casa. Retumbaban en las paredes y en sus huesos y en sus nervios enfermos. Apareció una grieta en la pared. La cruzaba formando palabras en el papel pintado. Ella apenas sabía leer, pues había tenido que dejar el cole cuando comenzaron los mareos, pero trataba de descifrar el extraño alfabeto. Pronto no tuvo que hacerlo más, pues unos horribles gritos comenzaron a escucharse. Y la vieja muñeca gris y amarilla giró la cabeza, pero no dijo nada.
En cierta ocasión el padre vino a verla, pero no se quedó demasiado. Y al despedirse él lloró y ella atrapó una lágrima en su mano. A ver si era de su talla, por que ella hacía mucho tiempo que ya no lloraba. Ni siquiera cuando el padre y la madre discutieron y se insultaron en la puerta de la calle. Quería ver si le valía. Al menos estaba calentita.
Cuando la madre cerró de un portazo comenzaron de nuevo los golpes en la casa. Y el alfabeto y los gritos. Y comenzó la fiebre y la visión en la pared. Pero ya no tenía miedo. Las cosas vistas muchas veces pierden el poder de la sorpresa y se aprende a habitarlas.
La muñeca volvía a mirar por la ventana y tenía una lágrima en su cara. La niña enferma estaba muerta.
El alfabeto extraño en la pared mostraba el nombre de otros muchos niños muertos. Asomados a la ventana. Observando cuánto habían crecido los otros niños muertos.
viernes, 20 de mayo de 2011
Caminábamos como los vivos... (III)
Estaba cubierta de sangre. Desorientada y aturdida. Podía reconocer el rostro que reflejaba el espejo del cuarto de baño como su propio rostro, pero no lograba entender qué hacía allí. En el cuarto de baño. En su casa. Tenía que estar en otro lugar. Debía estar en otro lugar. Por eso se había escapado. Por eso había dejado a su marido y sus hijos.
Se tocaba la cara hinchada y los párpados hinchados y sentía un fortísimo dolor de cabeza y la nausea en la boca del estómago. Le decía cosas a la imagen reflejada. Sin demasiado sentido. Y al abrir la boca podía ver los hilillos de sangre en las encías y en los dientes. Se decía a sí misma que esto debía haber sido un accidente, después de todo. Estaba enfadada. Estaba muy enfadada.
Se tumbó en la cama con las ropas ensangrentadas y el cabello ensangrentado. Entonces se dio cuenta de que aun tenía el bolso aferrado a su mano. No tenía ni idea de qué estaba ocurriendo.
Los objetos de la habitación le eran todos familiares. Con esa familiaridad ajena de las cosas vistas mil veces. La lámpara china y barata de papel, manchada de cadáveres de mosquitos y polillas; el armario de Ikea cuyas puertas nunca habían encajado bien, la mesita medio coja y la cómoda heredada que siempre había deseado tirar. Nada en la habitación hacía juego o funcionaba, y reflejaba lo sórdido y mezquino de su vida.
Todo ello había hecho mella en su espíritu. El marido derrotado, que la culpaba de su propia falta de voluntad; los hijos imposibles de dominar, peores que los enemigos desconocidos. Pero estaba segura de que nada de eso le pertenecía ya. No podía recordar. Hacer que aquello tuviera un sentido, pero sabía, o más bien intuía, que todo aquello había acabado. Si no podía recordar, sería mucho mejor. De un modo u otro había dado con la clave de una nueva vida. Entonces se dio media vuelta sobre el colchón y rodó debajo de la cama.
El marido llegó y se desnudó y se metió en la cama y durante el sueño ella se plantó ante él. Y lo estuvo mirando durante un largo rato. Y después cogió los sueños de él y los metió en el bolso.
Al despertar el marido lloraba desconsoladamente sentado al borde de la cama. El primer pitillo del día entre sus dedos, convertido en ceniza. El primer aliento del día derrotado, dentro de su pecho. Y la cabeza, rellena de cebollas.
La mujer podía oírlo sollozar bajo la cama. Después salió, y mientras él se preparaba un café aguado con lágrimas, fue al cuarto de los hijos y metió el aliento de ellos en el bolso. Y cuando se levantaron ya no tenían voluntad y estaban cansados. Con un cansancio de dentro afuera. De venas y arterias tensadas. De peluche podrido. Después se abrazaron al padre y todos lloraron. Pasaron una semana entera llorando, con una melancolía brutal que decorada las paredes. Aunque no sabían por qué. Ni nunca se lo preguntarían lo suficiente. Mientras, la mujer se ocultaba tras las cortinas, en los rincones, bajo las mesas y bajo las camas, en las manchas de humedad, y les seguía hurtando los sueños, los nervios y el aliento. Todo lleno de sangre.
Un día el padre se derritió como una forma de cera sentado en el sofá, y los hijos dejaron allí la mancha. Porqué en ella había dos ojos que parpadeaban sorprendidos.
Ese fue su final. O no, a nadie le importaba ya. Por la noche la mujer los cogió y se los comió. Su sabor le pareció exquisito. Con sabor a hiel y nieve.
Por la mañana devoró a sus hijos. Sin violencia, sin poesía. No había nada más que hacer.
Jamás fueron felices ni llegarían a serlo, pero habían aprendido una valiosa lección.
Al despertar la mujer volvió al baño. Se desnudó y se duchó. Le costó quitarse la sangre del cuerpo. Después se miró largo rato en el espejo grande del armario de Ikea, y no consiguió ver ninguna herida. Aquello la confundió aun más, aunque ya le estaba abandonando la jaqueca.
En la cocina se preparó un vaso de vino. Entonces llegó el marido y, un poco después, sus hijos. La cena aun no estaba preparada.
Se encendió un pitillo. Aunque ella no fumaba.
Caminábamos como los vivos... (II)
SEGUNDA PIEL
Se había enamorado perdidamente de la chica.
No se atrevía a decirle nada o a declararse. En lugar de ello le envió a su sastre.
La muchacha comprendió el mensaje. A toda prisa huyó de la ciudad, aferrada a un ligero equipaje.
martes, 10 de mayo de 2011
De seres fantásticos... (XI)
Sale a la calle y cada goterón de lluvia es como ácido para él. Su cuerpo se llena de agujeros. Sus ropas desaparecen, y tras ellas la piel.
El sonido del agua en los adoquines y los edificios son tambores lejanos que hacen volar su cabeza. Ya no tiene nada. Ni ropa, ni cuerpo, ni alma, ni sentimiento, ni recuerdo que los demás tengan de él.
Todo está bien. El repiqueteo, la danza de las gotas han acabado con él.
miércoles, 4 de mayo de 2011
Caminábamos como los vivos... (I)
Tenía más de sesenta años y vivía sola. Se había casado joven y se había ido a otra ciudad. Un sitio lejano. Tuvo tres hijos y su marido murió. Pronto.
Luego se casó de nuevo, y su marido trajo otro hijo. El marido también murió. Joven aun. Y luego murió el otro hijo. Y después, su propio hijo pequeño.
En la casa ya no se oían ruidos. Sólo el televisor.
La mujer solía levantarse por las noches, cuando la descomposición le agarraba la barriga. Lo hacía desnuda, porque así podía sentir su polla bamboleando entre las piernas. Eso le recordaba que aun estaba viva.
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