sábado, 21 de enero de 2012

Apocalipsis onírico...

















Ondas blancas y azules barrían el desierto de su cerebro. Auroras boreales cuyas excrecencias chocaban con las barreras de sus ojos y amenazaban con escapar de los límites del pensamiento.
Permaneció en aquel estado durante días. Cuando despertó, el mundo ya no era el mismo.



(1. Eco)

Un zumbido crispante surgía de todas partes o de ninguna y se colaba en la habitación a través de las moléculas de la construcción, para, de inmediato, incrustarse en su estómago y hacerle sentir nauseas. Se levantó a duras penas de la cama y se arrastró hasta la ventana. La abrió y el extraño zumbido grave se transformó en un bramido de ballena o Leviatán que llegó a él a través de una espesa niebla azul que le impedía ver la ciudad. Como si ésta hubiera sido engullida o rellenada por esa misma niebla. Entonces el bramido cesó, y unos segundos más tarde regresó con mucha más fuerza. Le hizo llevarse las manos a los oídos y cerró la ventana con violencia.
En los breves instantes en los que había cesado el ruido no había oído ningún sonido humano o de máquinas trabajando o el ruido del tráfico abajo. Y esa ausencia le perturbaba tanto como la omnipresencia de la resonancia. Tampoco podía escucharse actividad humana en el interior del edificio, hospital o manicomio. Gritó entonces, esperó, y luego volvió a gritar. Sin embargo nadie acudió a su llamada. Sólo el bramido variando en diferentes frecuencias hasta alcanzar una particularmente grave y que le provocó una nueva nausea. Esta vez no pudo reprimirla y en el cuarto de baño se alivió arrojando un pequeño chorro de bilis.
Le dolía brutalmente la cabeza. Sentía una angustia feroz y estaba irritado. Sentía un torrente de sensaciones en su interior y ninguna halagüeña. Como un funesto presagio. Si es que él hubiera creído alguna vez en los presagios. Ciertamente no sabía qué estaba haciendo allí; no sabía por qué estaba allí; ni sabía qué era ese lugar. A duras penas recordaba su nombre: Arteaga. Y desde luego no alcanzaba a saber qué podía significar ese sonido, ruido o resonancia más allá de una constante fuente de dolor de cabeza, nausea e intriga. Un sonido que hacía que todo tomara una cualidad espantosa, febril y opresiva. El eco de las entrañas de la Tierra o el Infierno, el Cielo resquebrajándose o ya decididamente descompuesto. El Tiempo chirriando. La Pesadilla crepitando. Quién podría saberlo. A lo mejor aun no había despertado y todo era un ridículo sueño producido por el alcohol. A lo mejor no era más que como uno de aquellos frecuentes duermevela que sufría de pequeño cuando tenía fiebre y estaba solo en el cuarto y en la casa. Como primera medida arrancó un trozo de tela de las sábanas terriblemente sucias de la cama y se fabricó unos torpes tapones que se colocó en los oídos. No era suficiente.
Ahora que se fijaba, todo estaba terriblemente sucio en la habitación. Una película glauca se había posado sobre los objetos y las superficies del cuarto. Incluso las paredes se mostraban cubiertas por la película o membrana. La tocó con su dedo índice y ésta se elevó al retirarlo. Tenía una cualidad singular, extraña, y su textura era mitad mucosidad, mitad polvo. Se sacudió la mano y las partículas de aquello corrieron a fusionarse con el resto de súbito, como un metal atraído por el imán. Miró su dedo: tenía una pequeña rojez y un escozor en la yema del dedo. ¿Qué podía ser aquello? Se preguntó. Una nueva incógnita en el mundo al que acababa de despertar. Decidió que serían hongos producidos por la humedad y el abandono. Sí, eso sería. Decidió que había otras cosas más importantes de las que preocuparse. Por ejemplo ¿Dónde estaba la puerta de la habitación? El cuarto no era tan grande como para no poder verla, como para que estuviera oculta en alguna parte. Giró sobre sí y miró en todas direcciones. No había armarios aparentemente u otras estancias accesorias que pudieran llevar hasta la salida de la habitación, a excepción del minúsculo cuarto de baño donde había arrojado escasos minutos antes. Allí sólo había un enorme ventanal, al que no se atrevía siquiera a acercarse, y tres paredes pringadas de un algo verdoso.
¿Qué podía hacer? Tomó el resto de la mugrienta sábana y se dedicó a frotar las paredes, retirando la membrana glauca, en busca de la necesaria puerta. No encontró nada. Lo único que encontró fue su propia imagen en los cristales de la ventana: demacrada, flaca, perdida en un mundo solapado el cual no sabía si era material o por el contrario estaba hecho de jirones de realidad. Se dio cuenta de que el sonido hacía tiempo que no bramaba. Entonces se sintió un poco mejor. Sólo un poco. Vio su ropa, fría y acartonada, sobre una silla. Decidió que sería bueno recuperar en la medida de lo posible algo de su vieja identidad. Se quito el asqueroso pijama que vestía y se puso sus propias prendas, después de haberlas sacudido, y se sentó en la silla. Esta se rompió como si estuviera hecha de algún material quebradizo, cediendo a su peso, y cayó al suelo en un gesto bufo, ridículo: las manos gesticulando como un molinillo; la cabeza golpeándose contra el suelo con un coscorrón seco y un ruido hueco; las piernas en alto, apuntando al techo; los pantalones en los tobillos, como un amante incompetente que trata de huir. Se quedó unos breves instantes tumbado sobre las frías baldosas; las manos en el rostro. Entonces comenzó a reírse con una risa a partes iguales impotencia, rabia y eso otro para lo que aun no tenía nombre. Rió como un pescado. La película glauca vibraba al compás de la risa. Como respuesta, el bramido del Leviatán se hizo insoportable y omnipresente. Se le nubló la vista, se echó a llorar y se retorció en el suelo hasta que se quedó dormido.



(2. Ícaro)

Cuando despertó en su cama lo primero que vio fue el rostro de una enfermera de rasgos árabes o indios sobre sí. Le sonreía y le decía algo que él no podía comprender, al tiempo que aplicaba sobre su pecho desnudo un ungüento que bien podía parecer cera. Después le hizo una indicación para que se girase y se pusiera de espaldas. Entonces le aplicó el ungüento o la cera allí también, poniendo especial atención en frotar o masajear sus omóplatos. Cuando hubo terminado, la enfermera recogió sus chismes; puso el bote cerrado en una bandeja metálica junto a un termómetro y una jeringuilla de un tamaño enorme; hizo unos extraños gestos o aspavientos como si fuera un karateka loco o su transformación en bestia; volvió a sonreír al hombre y le pellizcó la mejilla; se despidió; se dio media vuelta y se marchó.
Ahora sí que estaba hecho un lío. ¿Qué había sido todo aquello: el eco o bramido insoportable, la extraña sustancia glauca que lo envolvía todo como la piel de una crisálida, la niebla impenetrable, la ausencia de puerta? ¿Había sido sólo un sueño como llegara a sospechar? ¿O era ahora cuando se sumergía en el sueño, la pesadilla o el duermevela? No tuvo tiempo para más preguntas.
Ante la ventana había una mujer. La espalda apoyada en la cristalera; una pierna vestida en seda negra cruzada sobre otra pierna vestida en seda negra; el pecho realzado, descansando sobre un antebrazo oculto bajo otro brazo en un gesto de protección o impaciencia; en la mano enguantada de negro sostenía un cigarrillo largo al cual daba largas caladas. Expulsaba el humo en dirección al hombre de un modo interesante, como una verdadera femme fatale –con un gesto bien estudiado- y le miraba mostrando esa impaciencia de la que hablaba su brazo bajo el pecho. Entonces dijo:
-¡Ah, hola, Arteaga, por fin has ¿despertado? Veo que aun no te has muerto. Pues mira tú por donde, menuda decepción.
Arteaga dijo:
-¿Co… como dice? A… aquí no se puede fumar.
Ella dijo:
-¡Oh, vamos, ahora vas a decirme que sufres amnesia; que no sabes quien soy! Querido, eso está muy manido.
Él dijo:
-No comprendo.
La mujer dijo:
-Sí, claro. Quizás esto te refresque la memoria.
Y la mujer dio una última calada; tiró el pitillo al suelo y lo aplasto con sus negros zapatos de tacón alto. Después lanzó un suspiro que vino a decir algo así como resignación y se sacó la chaqueta imitación Chanel que depositó cuidadosamente sobre una butaca vacía. Se colocó ante los pies de la cama, donde Arteaga pudiera verla bien, y comenzó a desabrocharse la camisa blanca cara. Se la sacó y esta vez no la colocó sobre la butaca; se la lanzó al hombre con una mezcla de descaro y desdén. Haces memoria ahora le dijo, brazos en jarra, y el pecho aprisionado por el sujetador. Y él permaneció callado. El rostro demudado. En fin dijo ella, y se llevó las manos a la espalda y manipuló el broche del sostén que soltó con evidente facilidad, aunque sin el menor atisbo de coquetería. Se quedo allí, en aquella postura: plantada ante el hombre; desnuda de cintura para arriba y mostrando sus bellos senos. Retadora. Pequeñas colinas desafiantes que apuntaban al hombre como una cordillera poderosa a un alpinista. Entonces dijo: qué, Arteaga ¿Te acuerdas ahora? ¿Recuerdas estos senos por los que suspirabas? ¿Recuerdas nuestras noches y nuestros días de amor? ¿Recuerdas nuestra pasión? Y acto seguido se levantó la falda y le mostro su sexo. Un sexo que había sido cambiado por una calavera. Se arrancó el guante y su mano era la mano de una quimera.
Arteaga iba a decir algo. Era necesario. Pero no pudo decir nada. Ella dijo: Ya veo. Ya veo en qué te has convertido. Se acercó a él; le puso los senos en la cara. Se rió. Tomó su mano y le puso algo en ella, una cosa esférica. Le cerró la mano.
En aquel momento se abrió la puerta y un séquito de doctores en medicina y enfermeras se precipitó dentro. Se toparon con la mujer desnuda. Los hombres agacharon la cabeza ante la escena y las mujeres se llevaron las manos a la boca. La mujer se giró, se dio la vuelta, y se puso la ropa sin prisa, sin mostrar el más mínimo pudor o vergüenza. Cogió su chaqueta, el bolso; se encendió otro largo cigarrillo y se marchó de la habitación haciendo clac, clac con sus tacones altos.
Los doctores rodearon a Arteaga a ambos lados de la cama mientras las enfermeras revoloteaban, atareadas, por la habitación. Uno de ellos le cogía la muñeca como si fuera a tomarle el pulso para, inmediatamente después dejarla caer, muerta, sobre la cama. Entonces escribía algo en la página de un cuaderno y la arrancaba y la tiraba y volvía escribir. Otro médico sacaba de un gran maletín un instrumento metálico parecido a una mariposa o un crucifijo y lo depositaba bajo la cama; miraba al hombre y le lanzaba una sonrisilla estúpida. El más viejo de todos ellos sacó algo de una caja de madera china. Algo delicado que parecía un animal o un insecto y que puso sobre el pecho de Arteaga y que se puso a danzar como la bailarina de una caja de música china, mientras los médicos y las enfermeras daban palmas animándolo en su danza. Algo que al cabo de unos instantes cayó fulminado, inerte, muerto, sobre el pecho del hombre El viejo doctor meneó la cabeza en un gesto de reprobación o negación. No, no, no, parecía decir, y tomó aquello por lo que parecía su rabo o cola y lo miró sujeto entre sus dedos índice y pulgar. Dijo algo más que nadie pudo escuchar y dio media vuelta y se marchó de allí, mientras el resto de doctores en medicina se miraban entre sí y meneaban sus cabezas en gestos que querían ser severos y que no revelaban sino su ignorancia o incomprensión.
Arteaga, una vez más, no sabía qué decir, qué preguntar. No sabía si tenía que preguntar. Así que se quedó callado mientras los doctores se miraban entre sí y se daban golpecitos con los codos y se empujaban entre ellos, incitándose unos a otros. Por fin uno se decidió. Se llevó el puño a la boca, carraspeó, aclarándose la voz. Dijo:
-Señor, tenemos que comunicarle algo. Verá, es complicado dadas las circunstancias y… eh, ejem, esperamos que trate usted de comprender las verdaderas circunstancias que… eh, ejem… circunstancias especiales que han hecho que… ahora… eh, esté usted aquí. Eh, éste es un lugar especial para, digamos, gente especial como… como usted. Le hemos recogido a usted… ¿A… a que se dedicaba usted. Cual era su profesión. O cual es? ¿Es usted astronauta? ¿Buzo? ¿Marinero?... ¿Pero de verdad no recuerda usted nada?... Eso nos ayudaría a comprender el cómo se originó todo esto. Pero, oh, lo primero es su persona… El paciente… Su salud… Su bienestar… Tratar de comprender qué… o quién es usted. Lo primero seria averiguar por qué tiene usted alas.



(3. Dédalo)

Todo estaba igual ¿Igual que cuando? El bramido despertó a Arteaga. Comenzaba a acostumbrarse pero se puso los tapones de parafina que había comprado en la farmacia. Algo ayudaban, pero nunca era suficiente. Miró en la mesita de noche y cogió algo esférico. Abrió la mano y se solazó con el pequeño orbe de Alejandrita que le habían regalado sus hijos por el día del padre. Mostraba su fuego verde y Arteaga lo alzó para que la luz del sol matutino lo atravesara y poder ver así los minúsculos seres de su interior. Réplicas humanas de una talla milimétrica. Un regalo caro y sofisticado, un tanto snob, pero que tenía bien ganado: era el mejor padre del mundo. A Arteaga le gustaba agitar la esfera y ver como se debatían los humúnculos del interior. Había un hombre y dos mujeres, y a veces le miraban desde su universo diminuto y Arteaga pensaba: eres un pequeño cabrón afortunado, chaval. Y volvía a agitar la esfera y se reía viendo tropezar y caer a aquellos seres.
Sufría de pesadillas desde hacía varios meses, desde que ocurrieraaquello, pero ya no le daba demasiada importancia. Le parecía que todo estaba bien; que todo estaba en su sitio; que todo cuadraba y que nada podía salir mal. Estaba construyendo su laberinto en el jardín. Eso era lo que importaba: construir el laberinto, al que llevaba dedicándose más de diez años. Aquella era una buena dedicación. Si podía, se dedicaría a ello toda la vida. Los hijos eran ya mayores y su mujer y él parecían haber llegado al punto en que el matrimonio necesita espacio libre y dedicaciones propias para no terminar destrozándose. Tenía todo el tiempo para él solo, y los amigos o las relaciones sociales no le interesaban en absoluto. Nunca había sido demasiado bueno para ello. Sin embargo era bueno diseñando y haciendo cosas con sus propias manos. Así que sí, era una gran idea.
Se levantó de la cama. Dejó en la mesita su esfera envuelta en la funda verde y se fue al baño y orinó. Tenía una erección. Hacía mucho tiempo que no se levantaba empalmado y miró aquello duro y le gustó la sensación y sonrió. Sí, todo estaba bien. Pero, cuidado, lo había puesto todo perdido de orina. Lo limpió y no le importó. Se miró en el espejo y dijo para sí que tenía buen aspecto. Sí, sí que lo tenía y, además, ya no le dolía la cabeza.
Mientras se afeitaba ante el espejo se cercioró de que lo recordaba todo con una claridad pasmosa. Podía recordarlo todo y, lo que era aun más importante: podía aceptarlo. Así, con toda franqueza. Así de fácil. Sin necesarias epifanías. Como con un chasquido de los dedos. Sí, sin duda todo estaba bien. ¡Qué dulce sensación! Incluso le llegó a parecer que el ruido exterior comenzaba a adquirir una calidad armónica. ¿Estaría él, a medida en que construía su laberinto exterior, saliendo del interior? Se dijo a sí mismo que sin duda era así.
Se vistió. Era un día hermoso a pesar de no poder verse el tercer sol. Salió al jardín de la casa y se introdujo en su laberinto. Estaba hecho de multitud de diferentes materiales: maderas, cristal, chatarras, placas de zinc, toboganes de parques oxidados, restos de naves espaciales de campos de lanzamiento abandonados, fuselajes de máquinas y carlingas de avionetas, puertas de automóviles viejos… Desechos de una sociedad industrial y materialista; descartes de un mundo que se desintegraba. Lo recorrió sin el menor atisbo de duda sobre cuál era el camino correcto, el vericueto indicado, el recodo acertado. Tan bien lo conocía. Y, mientras tanto, iba apartando las muchas pieles ajadas caídas aquí y allá. Excedentes de delirios inducidos. Vestigios de obsesiones, terrores y apatías del hombre contemporáneo.
Llegó al centro mismo del laberinto, embutido en la caliginosa espesura de la niebla y entonces le llegó un aroma salado de mar. Supo que estaba en el lugar exacto: no podía ser ningún otro. La atmósfera allí estaba un poco más diluida, menos viscosa o espesa y se respiraba mejor. Aspiró profundamente y ya, no un olor, sino un profundo sabor de mar profundo le inundó. El sabor de un océano más psíquico que físico. De ello no tenía la menor duda. Podía ver las olas muriendo pacíficamente en la arena de la playa. Ondulaciones metafísicas que se retorcían para, después, destensar su agitación y regresar sosegadas a su elemento aglutinador. Se sentó. Esperó. Luego se levantó e hizo ondas en ése agua lanzando piedras invisibles. No sintió dolor. Esperó un poco más. El bramido regresó. Formidable, aterrador. Pudo escucharlo a kilómetros de distancia. Se acercaba a una velocidad asombrosa. En breve estaría sobre él. No sintió miedo. De entre las aguas surgió la colosal figura de la ballena o Leviatán. Y él se ofreció a ella. Lo tragó. No sintió dolor.



(4. Deméter)

La mujer fumaba en la cocina. Hoy no estaban los hijos. Se sirvió otra copa de un vino espeso y oscuro, muy caro, y se descalzó los zapatos de tacón alto. Se giró para mirar por la ventana: era un día claro y soleado de verano. Estaba asistiendo a una transformación del escenario físico y psíquico en el marco de una catástrofe doméstica. No hacía nada. De momento sólo bebía. Su propia alienación la estaba conduciendo a una mutación surrealista del sufrimiento. No hacía nada. De momento sólo bebía. Bebía y miraba a través de las ventanas la montaña que le habían regalado. La vida se había paralizado mientras la mujer buscaba a los hijos perdidos. ¿Ellos perdidos? ¿Perdida ella? En aquel entonces uno o una nunca sabía.
Arteaga revoloteaba sobre las ruinas del laberinto en el jardín. Estaba disfrutando. El hallazgo de sus nuevas facultades le hacían sentir que el mundo había tomado un nuevo sentido o que quizás carecía por completo de él. Cualquiera de las dos alternativas le llenaba de un júbilo casi pueril y le dotaba de energías renovadas. Qué diferente esa percepción de los antiguos y oscuros ¿presagios? Estaba como loco o quizás era ahora cuando empezaba a ver las cosas del modo en que realmente eran. Sin tapujos, dobleces o trampantojos. Sin espejos que le devolvieran una imagen fraudulenta o trucada. Perseguía a los pájaros o los insectos alados como si fuera un chiquillo. Hacía un picado. Se entretenía en escribir palabras obscenas con su vuelo en el vacío. Atravesaba las nubes bajas y simulaba descansar en ellas o morderlas. Abría los brazos y planeaba, dejándose arrastrar por las suaves corrientes de aire. Ascendía hasta casi quedarse sin oxígeno y después regresaba haciendo un tirabuzón. Saludaba desde el aire a su mujer en la cocina y ella fingía no haberle visto y se giraba y se echaba el vino al coleto.
Tras un largo rato Arteaga se posó ante la puerta y entró en la casa. Cruzó desnudo el pasillo y al llegar a la cocina recogió sus alas. La mujer estaba borracha y lloraba. Apenas se entendía lo que decía, pero eran sapos y culebras. Se había dedicado a pelar unas cuantas granadas y luego a machacarlas con su zapato. En cuanto vio al hombre le tiró uno de ellos a la cabeza y luego otra cosa y otra. Arteaga trató de calmarla -no sé explicaba- de abrazarla, pero ella le rechazaba. A cada intento de él, la mujer empleaba más fuerza en apartarlo. Le empujó fuera de sí. Él retrocedió, trastabillado. Entonces ella, con un gesto de rabia, se arrancó la ropa: la camisa manchada de vino en el pecho que parecía sangre, la falda de moaré, las preciosas braguitas caras y el sostén también caro. Le dijo:
-¿Puedes saber quién soy ahora?
Él dijo:
-Sí, tú eres mi mujer.
Ella dijo:
-¿Estás seguro?
Él dijo:
-Nos conocemos desde hace tanto…
Ella dijo:
-¿El tiempo necesario?
Él dijo:
-Por supuesto. Desde siempre.
Y ella dijo:
-Tú no me conoces.
Y entonces ella se giró, y no fue su hermosa espalda lo que Arteaga pudo ver. Lo que vio fue otro rostro de mujer en el reverso de la cabeza rapada, otros senos en aquella espalda tatuada, otra vulva en el lugar del firme trasero operado; otra mujer completa, pero ajena o secreta. Un ser imposible. Una aberración de la naturaleza. Había allí, en esa deformidad, dos mujeres; una pegada a la otra, la otra pegada a la una. Y las dos lloraban. Arteaga podía haber esperado una guerra interplanetaria, un culto esotérico, un muerto treinta años antes que regresa en busca de la inmortalidad, una vaticinadora que vende destinos ¿pero aquello? ¿Quién era aquella quimera? ¿Era su esposa, con quien había concebido dos hijos y a quien había amado de forma tan tierna y apasionada? ¿Qué había ocurrido con ella? ¿Dónde había estado? ¿De qué infierno había surgido o regresado? Arteaga se echó atrás y cerró los ojos y cuando los volvió a abrir no había allí sino una piel o membrana glauca, una materia cuya textura podía ser una mezcla de polvo y mucosidad. Entonces volvió a hacerse presente el bramido, sólo que esta vez, sin duda, procedía del interior de su cabeza. Todas las conexiones neuronales crujiendo, gritando. El mapa cerebral de una guerra nuclear. Se hincó de rodillas. Se llevó las manos a la cabeza y se echó a llorar.
Horas más tarde su mujer y sus hijos lo encontraron tirado en el suelo. En posición fetal. Clac, clac, los zapatos de alto tacón. Toda la casa alborotada, colmada de suaves plumas blancas. Había una niebla espesa y azul en el salón. La cáscara verde de una esfera, reventada como una pupa y las puertas habían desaparecido. Un silencio amenazante lo invadía todo.

martes, 20 de diciembre de 2011

De seres fantásticos... (XIV)













Llueve. Espero el autobús. Distingo a un hombre que se acerca caminando: lleva un gorro de lana en la cabeza y una mascarilla quirúrgica en la boca. Está empapado. Me llama la atención su aspecto (esto no es Japón)y le observo, pero él no parece haber reparado en mí. La calle está completamente desierta a esta hora del día. El individuo llega a mi altura. Entonces dice mi nombre: Carlos, sin dirigirme siquiera una mirada. Me quedo mirándole sorprendido. Veo como se aleja. Las manos en los bolsillos.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Del libro de los muertos y de los que van a morir... (IX)












El suyo era el peor trabajo del mundo. Se sentaba con los moribundos y comía con ellos. Entonces todos los pecados de aquel que iba a morir pasaban a ser suyos. Inmediatamente tenía que ir al retrete y vomitar. A veces toda la mierda salía enseguida. Así arrojaba afuera todos los pecados. En cambió, otras veces no podía y tenía que meterse los dedos hasta casi tocar la campanilla y forzarse a vomitar. Terminaba agotado, consumido y arruinado. Se miraba en el espejo y se tocaba las profundas arrugas que surcaban su rostro prematuramente envejecido. No se sentía reconfortado. De hecho maldecía su puñetera suerte. Como recompensa, su úlcera le mataba en los días oscuros.

Cada trabajo le acercaba más a Dios. Como si él hubiera hecho ese pacto, como si él hubiera pedido ese contrato. Lo que el hombre deseaba era un trabajo sencillo y aburrido -uno alienante y sin esperanza-, una copa o una cerveza y un pitillo, y echar un polvo de vez de en cuando. No era pedir demasiado. ¡Oh, no, no lo era!. Pero todo lo que tenía era un alma atormentada, un pensamiento que no comprendía, un cartón de leche rancia y un paquete de pañuelos para limpiarse cada vez que se masturbaba. ¿Qué había hecho él? ¿Será verdad que todos nacemos pecadores y que Dios, en sus caminos inescrutables, nos tiende emboscadas y nos señala para éste tipo de labores? El trabajo sucio, sí señor. Alguien tenía que hacerlo. Pero, claro, siempre podía ser otro alguien el indicado.

El hombre tampoco se preguntaba mucho más allá. ¿Por qué habría de hacerlo sí, al fin y al cabo, no comprendería las respuestas? Damos por hecho que comprenderemos la solución al enigma, que no seremos devorados por él; que seremos capaces de soportar la luz tras el velo. Él sabía que no. En eso no era demasiado arrogante. Sólo era que le gustaba quejarse. Hacerse el interesante. Señalar a Dios como causante de todos sus males y de los que estuvieran por venir. Lo hace con el dedo manchado de porquería. Pero no es un mal tipo. Oh, no, no lo es. Tan sólo un poco despistado y vago.

Así que llega allí, donde ha sido requerido, y se sienta a la mesa o se acomoda en la cama. Sonríe al moribundo y le mira a los ojos. Toma el último alimento y lo muerde y luego se lo pasa al que está a punto de morir. O bien lo hace al revés, es primero el moribundo quien prueba la comida y luego lo hace él. Aunque de este modo no le gusta, pues la mayoría de ellos apenas pueden masticar y lo dejan todo lleno de babas. Hay veces en que tampoco le gusta la forma en que están cocinados los alimentos: que si demasiada sal, que si demasiada poca sal, muy cocido o poco hecho, rancio, amargo, etcétera.... Y no hablemos del picante. Antaño le gustaba, pero hoy, con su úlcera, no puede ni probarlo. Por no desairar a los desdichados lo toma, aunque sabe que después lo pasará mal. Desde luego esto le parece más insoportable que sus dolores de alma. Tiene decidido dejar de hacer éste tipo de concesiones. ¿A quien puede ofender? ¿No es acaso más importante su sagrado trabajo de sanador de pecados que una ridícula falta de cortesía? Ummm, quizás no lo sea. En fin, que compartido el alimento se completa el canje, el cambio: los pecados del moribundo se instalan en su alma, en su espíritu, en lo que sea. Entonces es como un recolector de basuras. Toda la podredumbre y las malas acciones, los crímenes, las injurias y las promesas rotas le entran dentro, y lo van devorando. Oh, sí, él puede luego sacarlo, pero algo siempre se queda dentro. Tampoco le preguntéis cómo funciona esta magia (si es que podemos llamarlo así sin ofender a Dios) esta transmutación, transfiguración o como demonios se llame la acción. Eso es, ni siquiera sabe como se llama su profesión. Lo mejor de todo es que él ni siquiera cree creer en Dios. Pero parece que a Dios esto último no le importa. ¿Por qué habría de hacerlo? Él es El Chulo Supremo. Bueno, así le gusta llamarle. También le gustaría verle algún día. Exista o no. Qué más da. Verdaderamente se muere por un trago. Quizás ésta noche lo haga. Quizás se meta en un bar y beba hasta reventar. ¿Quien podría culparle? ¿Quien habría de echarle de menos, añorarle? Créanme, ni siquiera los moribundos a quienes limpia de pecados. ¿Ni siquiera ellos? Ni siquiera ellos. Nadie cree ya en el pecado. Nadie cree estar a salvo de ellos.

Cuando termina su trabajo siempre llueve. Camina por las calles bajo el agua y nunca encuentra taxi. Inevitablemente siempre es de noche, y llueve (oh, esto ya lo había dicho) Todos los locales están cerrados y su casa oscura y fría está lejos y es poco confortable. No habría estado mal que le hubieran ofrecido, no sé, un vaso de agua, un rincón calentito o un abrazo, allá donde ha realizado su último trabajo. Pero las personas sólo piensan en sus cosas y eso les lleva mucho trabajo. Hay que llorar al muerto. Hay que vestirlo. Hay que hacer frente a las molestias. Así es. Él no tiene a nadie. Mejor así, sin duda. Bueno, él tiene a Dios. No sabe si eso es mejor.

Entonces ve una luz al final de la calle. Sus ojos no pueden ver otra cosa, y sabe que tiene que dirigirse hacia ella. Por un momento se pregunta si es que habrá llegado el momento de conoces al Supremo Hacedor. No siente nada. Sólo la curiosidad le mueve. La luz es un bar o un club de alterne. El neón brilla con un resplandor rojo, como infernal. Sin embargo el local se llama El Séptimo Cieloo. Piensa una vez más en la úlcera, en el dolor. Al carajo, se dice. Entra.

Del libro de los muertos y de los que van a morir... (VIII)















El terror ya no sucede en enormes y viejas mansiones victorianas, en ruinas de hospitales mentales o castillos medievales. El horror hoy sucede en pequeñas habitaciones de pisos de apartamentos. En los oscuros dominios de las pequeñas personas. El ritual ominoso se da a la hora de la cena. Las miradas asesinas, los pensamientos encerrados y crueles. El deseo de algo peor.


De repente el hombre se levanta de la silla. Ésta cae con un crujido y un golpe seco. Mira a su mujer y a su hijo pequeño. No dice nada. Lanza de mala leche el tenedor sobre la mesa. Cae sobre el puré de patatas de sobre con salchichas de sobre y salpica a la mujer y el niño pequeño. Se hace un silencio. El hombre se echa a llorar. No dice nada. Se marcha a la habitación, cierra la puerta, apaga la luz y se tumba en la cama sobre la colcha.

La mujer limpia al niño pequeño que llora. Se limpia ella misma. Terminan de cenar sin hablar. En la tele están pasando Bob Esponja y el niño pequeño no sabe si tiene que reír, volver a llorar o callar y adoptar el gesto aprendido necesario. Un gesto estereotipado que usará siempre más adelante, cuando la ocasión lo requiera.
La mujer también sabe de gestos aprendidos. No acude a la habitación inmediatamente. Actúa casi siempre por instinto, como todos. No es una mujer reflexiva, ni falta que hace. Recoge la mesa. Recoge la silla, que había dejado caída. Friega los platos y los cubiertos. Barre el suelo. Deja al niño pequeño ante la televisión, dibujando extraños seres medio antropomorfos medio garabato. Seres infantiles mitológicos. Después, cuando crezca, dejarán de existir.

Sólo después de haber hecho esto la mujer acude a la habitación a hablar con su marido. Golpea tímidamente la puerta. Dos ó tres veces. No obtiene contestación. Decide entrar y se encuentra la oscuridad interior. Todo está en silencio. El hombre no está. La cama está vacía, pero la ventana está abierta. Viven en un séptimo piso. La mujer se altera y emite un leve grito. Se precipita sobre la ventana e instintivamente mira hacia abajo. Busca con su mirada en la penumbra de la tarde noche. Aun no están encendidas las farolas de la calle. Aun así no ve nada. No está el cuerpo de su marido estampado contra la acera o los coches. En este punto no sabe qué sentir, si tiene que sentir alivio, pena o terror. Sobre esto no sabe que estereotipo utilizar. Está desconcertada.
No ha mirado arriba: unos diez metros sobre su cabeza, flotando en el vacío, se encuentra el hombre, su marido. Tiene los brazos en cruz, los ojos en blanco. Flota extasiado en el aire. ¿Cómo es esto posible? Da igual, la mujer tira del hilo rojo que los une y hace entrar al marido de vuelta en la casa. Lo abraza, lo besa, trata de hablarle. Él no dice nada, no puede sentir nada. Aparta a la mujer de sí. De hecho, comienza a empujarla hacia la puerta de la calle. Hace un gesto que la mujer comprende bien y toma entonces a su hijo pequeño en brazos. Salen los tres.

En el coche el marido continúa con su misterio. El instinto de la mujer le dice que tiene que volver a tirar de estereotipo. Habla, gimotea, le recuerda quienes son ellos. Son su hijo y su mujer. El hijo llora. Esto podrá ayudar. Abraza al pequeño, pero no lo consuela. Sus lágrimas pueden ser la solución al enigma.
Entonces el marido toma un desvió oscuro. Un camino de tierra. Se dirigen al bosque. Apaga las luces y conduce un poco más. La oscuridad se ha hecho total. Detiene el coche sin parar el motor. Se baja y hace bajar a la mujer y al hijo pequeño. Ella se hinca de rodillas y pide compasión, misericordia, piedad. Lo ha visto hacer en una película, y entonces salió bien. El marido no va a matarlos. Va a abandonarlos. No dice nada, como en toda la tarde y toda la noche. No los mira; se da la vuelta y regresa al coche. Se aleja de allí mientras que la mujer se aferra a la manilla del coche, gritando, llorando, tratando de hacerle reconsiderar su decisión. No hay nada que hacer: el hombre acelera, aun a riesgo de chocar contra los árboles.
Cuando se aleja no mira por el retrovisor. Ya sabemos que ocurre si uno se gira para ver. Nosotros sí podemos observar a la mujer con el hijo pequeño en brazos: iluminados por las luces frías del coche, adquiriendo un brillo espectral. Los brazos de los árboles azotan sus ramas hacia ellos y parecen querer abrazarlos o atraparlos. Su imagen se va empequeñeciendo como un recuerdo, hasta desaparecer, engullidos por el olvido o la oscuridad.


Al llegar a casa, el marido deja las llaves en el cuenco de la entrada. Su hijo pequeño sale de su escondite. ¡Buh!, dice, y el hombre hace como que se lleva un gran susto. Se abalanza a los brazos cariñosos del padre y éste le da un sonoro beso y un gran achuchón. La mujer le besa también. Le besa en la mejilla, espátula en mano, delantal ceñido; la pierna flexionada a la altura de la rodilla en un gesto coqueto, hacia atrás. Se quieren. Nada podría ir mejor. La mesa está puesta. El puré de patatas de sobre con salchichas de sobre humea en la mesa. Se sientan a cenar.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Caminábamos como los vivos... (VI)














Empieza con un quejido. Luego viene el llanto: el hijo ha roto a llorar en la habitación. El llanto del bebé se introduce en el sueño de los padres, dormidos en el otro cuarto, a través del ruido cavernoso del aparato. Brilla rojo. A veces asusta. Es el padre quien se levanta. Torpe, lento, agotado, los ojos casi cerrados, aun dormido. Bosteza, se rasca el trasero bajo los calzones. El hijo ha dejado de llorar. Al menos ahora no le escucha hacerlo.

El padre abre la puerta a oscuras. Entra. Cuando sus ojos se acostumbran a la penumbra lo ve: en cuclillas, guardando el equilibrio, encaramado a los barrotes de la cunita hay un extraño ser -rojos ojos encendidos-. Tiene al hijo aferrado entre sus garras. El bebé es demasiado pequeño y no parece temer, se deja hacer, aunque balbucea algo parecido a papá. El ser abre su boca como un pico. Muestra su lengua bífida. De su garganta surge un sonido como un siseo o un crujido. Amenaza.

Una corriente fría congela la escena. Congela la mueca en la cara y la comprensión del padre. ¿De dónde habrá salido éste ser? Del sueño del bebé no ha podido surgir. ¿Qué conjuro estará invocando con sus misteriosas palabras susurradas?. La luz exterior de las farolas parece hacerse profusa en el cuarto. ¡Luz, maldita luz!. Ahora puede verlo todo. Pero todo no es nada. No están ni el ser ni el hijo. El padre ve las cosas como a través de una catarata. El padre cae desmayado, desplomado, al suelo.

Cuando despierta está otra vez en su cama. La boca seca, el estómago le quema, la cabeza le da vueltas. Siente haber dormido mil años. quizás lo haya hecho. La mujer no está a su lado, acostada o despierta. No están las fotos de la boda, ni están sus perfumes o sus cosas. La habitación es una verdadera leonera. Se levanta, se incorpora. Todo le da vueltas. Es entonces, entonces, cuando comienza a recordar: su hijito muerto en la habitación del hospital. La mujer llorando con el cadáver infantil en brazos. La luz blanca y fría de la sala de curas. Los rostros entre ausentes y severos de los doctores y las enfermeras. Su propia imagen rota en el cristal de las ventanas. Fuera llueve y hace viento. Dentro hace frío. Y más dentro, todo es como un iceberg. Estalactitas, carámbanos y estalagmitas. Las venas y las arterias ya no llevan sangre. Llevan el líquido de la desolación. Si tuviera el suficiente valor haría pedazos el mundo. Sólo está hecho pedazos el corazón.

El padre se lleva las manos a la cabeza mareada. A la deriva. Se lleva las manos a la boca abierta. El horror congelado. Está a punto de llorar. Los ojos vidriosos y rojos. A cada chispazo de memoria, de comprensión, se corresponde un átomo de hielo y de muerte. Se levanta, como un resorte, y echa a andar. Corre. Abre la puerta del cuarto del hijo. Allí, evidentemente, no hay nadie. Todo continúa igual que cuando el hijo salió por última vez: las sabanitas blancas, los posters de cachorros de perros y gatos, los peluches de animales, el caballito de madera para cuando creciera, las fotos de papá, mamá y el bebé sonrientes, los polvo de talco, las cremitas y los aceites, los pañales y la ropita sobre la repisa. Las lágrimas fluyen al ver la cunita fría. Habían puesto una piedra en su lugar.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Del libro de los muertos y de los que van a morir... (VII)





















Se alimenta de su risa. La bestia permanece en la sombra. Espía. Acecha. Nunca se deja ver. Cuando la escucha reír, su extraño ser tiembla entero. Una rara mezcla de satisfacción y pena le embarga. Aúlla para sus adentros, y maldice su condición. Sin embargo no puede abandonar esa sombra. Si se mostrara, sería destruida. La bestia está irremediablemente unida a su presa.

Han pasado los años. La risa de la mujer se va agotando. Se está haciendo vieja y cada día le cuesta más reír, sonreír. Se mira en el espejo, desnuda, y se toca la carne antes firme; los senos que antaño apuntaban desafiantes como una pistola. Sabe que todavía puede resultar deseable. Pero ella ya no tiene mayor deseo. Sus deseos se fueron secando. Un buen día supo que nada iba a ser como ella creyó que sería. Sin mayor tragedia. Sin otra cosa. Sin ovaciones, ni lágrimas, ni bises, ni nada de nada. ¿A quien podrían importar aquellas cosas que ocurren a otros? ¿Acaso nos importan a nosotros?.

La falta de risa está matando de hambre a la bestia. Podría abandonar aquella sombra y buscar otra desde donde acechar. En otro lugar. Al lado de alguien más joven, que aun tenga motivos y ganas de reír, y alimentarse de ella. Pero no lo hace. Y no lo hace porque secretamente la bestia está enamorada de la mujer.

Esto es una gran equivocación. Un grave problema. Su naturaleza le exige un alimento muy concreto: la risa de la humanidad entera, de sus mujeres, de sus momentos mágicos, de sus creencias, ilusiones, promesas y deseos. Se trata de tomar lo que le falta. Completarse en el otro lado. Arrebatar, quitar, desposeer, para tener. ¿Qué va a hacer ahora? ¿Se quedará allí la bestia, plantada en la sombra, hasta consumirse de hambre y consumirse de amor? ¿Saldrá afuera, a la luz, revelando su condición y matando a su presa, a su amada?.

Una lágrima cálida resbala por su mejilla y cae en la palma de su mano. La mira. Mira sus garras duras y afiladas. Cierra el puño y aprieta fuerte hasta hacerse sangrar. Da un paso vacilante y su extraña forma sale de la sombra. La bestia se queda quieta en mitad de la habitación. La mujer está desnuda ante el espejo. Se dice que aun es deseable y se acaricia la piel. La bestia alza la mano para proteger sus ojos de la luz; para poder ver en el resplandor. En aquel momento se siente vulnerable, y no le importa. La mujer puede ahora ver a la bestia. No tiene miedo. Ni siquiera parece sorprendida por su aparición. Como si hubiera sabido de su presencia desde siempre. Tampoco parece avergonzada por su desnudez. Quizás esto mismo le conceda poder. Parece tener la situación bien controlada.-Ven. -le dice a la bestia. -Yo te conozco. No te aflijas más.

La bestia se derrumba. Cae de rodillas. La mujer le abraza en su cálida desnudez. Levanta su insólita cara y mira a los ojos del ser. No hay sonrisa en su rostro, pero la bestia se pierde en sus ojos y, por vez primera en su abyecta vida, ve algo que jamás había visto antes. No sabe ponerle un nombre. No sabe sentirlo. Le supera. Le destruye. La bestia cae muerta al instante. De sus fauces entreabiertas surgen mariposas, pajarillos y flores hermosas que flotan o echan a volar y que se escapan a través del espejo.

La mujer arranca la piel velluda a la bestia y se cubre con ella. Se acurruca en el rincón, en la sombra.

viernes, 14 de octubre de 2011

Sueños... (Cont.)


















9

Yo no podía correr. Como todos en el sueño. El monstruo enseguida llegaba a mi altura. Entonces había que luchar, y yo luchaba con todas mis fuerzas. Pero el monstruo se reía: todas mis armas se transformaban en objetos blandos: un cordón de zapatos, unas pinzas de hielo.


10

El edificio se desmoronaba. Se hacía añicos. Sus muros caían y se pulverizaban al chocar contra el asfalto. Todo el interior quedaba a la vista. Mejor no haber visto aquello. Aquella vida dentro.


11

Viajo al pasado. Pero no visito Egipto, Mesopotamia o el Far West. Vuelvo a mi infancia y paso el día observándome jugar cuando tenía ocho años.
Todo va bien. Me traigo a mi tiempo aquel juguete que tanto me gustaba y que un día perdi repentina y misteriosamente.


12

Soy un niño y estoy solo en la plazoleta. Es una tarde de otoño y el domingo resulta gris y ventoso. Espero. Lo que no espero es la súbita aparición: un par de hombres que visten abrigos de pieles sobre sus hombros, raquetas para caminar sobre el hielo en los pies y sus caras muestran largas barbas heladas. Me hablan en una lengua que no comprendo.


13

Hay un hombre bajo un paraguas negro. Brilla el sol, aunque es un sol negro. El hombre bajo el paraguas se aleja y después, cuando no es más que casi una visión borrosa, lo cierra. El sol se apaga y todo queda colgando de hilos o cordeles.


14

Veo la Gran Muralla China desde el espacio. Floto. Después me acerco un poco más. En ella vive un pueblo de miles. Se mueven de arriba abajo a lo largo de la muralla. Como una ola o un cardumen. Los llaman el Pueblo Ola.


15

Salgo a la calle. Hay una muchedumbre de niños en la plazoleta. No juegan. O juegan a reventar a palos a un pequeño gato. En cuanto reparan en mi presencia, me delatan y echan a correr tras de mi. Me insultan y cada palabra es lanzada con una violencia que al golpearme me muele los huesos. Huyo. Tropiezo, pero no dejo de correr. Me refugio en la escalinata de una basílica. En ellas hay una vieja loca berreando "Fluyan mis lágrimas" de John Dowland. Me derrumbo a sus pies. Los niños tardan poco en aparecer: escucho su griterío agudo y descompasado. Están sobre mí. Incomprensiblemente se detienen. La vieja loca les está hablando con su voz de tormenta. Ellos la rodean y después la abrazan.


16

Salgo a la calle. El asesino ciego ha notado mi presencia. Puede seguirme fácilmente aunque intente despistarle. Toma su pistola; la carga; apunta sobre mí y dispara. Los proyectiles son moscas, avispas, abejas, tábanos...

domingo, 9 de octubre de 2011

Sueños...






















1.

Estoy sentado junto a mis amigos en la parte trasera de un coche detenido en un parking o una plaza solitaria. Un hombre se asoma por la ventanilla y nos muestra una pistola. Otro personaje espera fuera. Se trata sin duda de un atraco. El hombre asomado dispara. Siento que la bala me penetra en la cabeza y que voy a morir. Sin embargo el ruido de la detonación no me hace despertar.

No tengo miedo. La vida se escapa de mi cuerpo, pero no es el fin.



2.

Me disparan otra vez. Lo hacen en el pecho en mitad de un restaurante o cervecería enorme.

Estoy en medio de un local con enormes bancos corridos y discuto con el dueño. Todo es una estupidez. Mis amigos y yo hemos estado riéndonos mientras bebíamos cerveza y esperábamos la comida. El dueño del local ha dicho que allí estaba prohibido reír. No lo puedo creer. Me indigno. El hombre se marcha y yo voy tras él. Él vuelve con dos de sus hijos o empleados y con una escopeta. Allí, en medio del local y sin mediar más palabras me dispara. Siento el plomo en el pecho y el calor de la sangre. Caigo. Muero. Sé que he muerto. Tengo plena conciencia de ello.



3.

No puedo subir a una colina. Por más que lo intento el terreno me rechaza. Se mueve a cada paso que doy, como si tuviera inteligencia propia, impidiendo mi avance. Cansado, me tumbo y la tierra me traga. Entonces entiendo por fin que no era necesario haber intentado dominar la colina.



4.

Ante la montaña, digo la palabra, y ésta desaparece.



5.

En una tarde de otoño camino por la ciudad. En el cielo se encienden muchas nubes rojas y se desata una tormenta de muertos. Cadáveres de hombres y mujeres que se estampan contra las aceras, las cornisas o los coches al caer. Todo el mundo huye despavorido. Yo mismo me pongo a cubierto en un portal.

La esperanza: una vieja loca se pasea sonriente con una rosa en la mano.



6.

Alguien lo ha depositado en la cuneta con el mayor de los cuidados. Lo ha envuelto en una sábana o sudario. Es el cadáver de un árbol. Las raíces han reventado el lienzo. Se asoman como órganos o intestinos petrificados.



7.

Atravieso en tren la llanura castellana. Miro distraído por la ventana las montañas en el horizonte. Fuera hay un hombre que sonríe. Está corriendo a la par que el tren. Me saluda, le saludo y se aleja diciendo adiós con la mano.
El sol se vuelve negro, pero no es un eclipse. Nada más se ha vuelto negro. Es la mano de un enorme niño dios que se divierte apagando y encendiendo los astros, como un chiquillo un interruptor.



8.

Desde las alturas veo una procesión de gente. Parecen divertidos, aunque evidentemente están asistiendo a un funeral. Los más fornidos de entre ellos portan un ataúd y se mueven al compás de una balada de jazz. En el féretro estoy yo, convenientemente muerto, y saludando a la gente con mi mano flaca. Mis párpados están cosidos y mi piel pálida tiene innumerables cicatrices.

Al llegar a un terraplén me tiran sin más miramientos.

lunes, 3 de octubre de 2011

Caminábamos como los vivos... (V)

















En el cuarto, el hermano mayor muerto trataba de matar al niño dormido. Se metía por los agujeros de la nariz o la boca abierta al respirar, y dentro del pequeño, intentaba asfixiarlo llenando sus pulmones de ectoplasma caliente o estrangulando su garganta. En última instancia se arrepentía y liberaba al hermano pequeño vivo. El niño lloraba y se despertaba envuelto en sudor y pesadilla. El padre se despertaba al oír el llanto y al precipitarse en la habitación oscura, el hermano mayor muerto se evaporaba de al lado de la cama. Se quedaba, vuelto transparencia, en cualquier rincón desde donde observar la escena: el padre abrazando al hijo y tratando de consolar su angustia. Él también lloraba. Y sus lágrimas invisibles caían al suelo enmoquetado y creaban una mancha indeleble.

El padre se acurrucaba junto al hijo, hasta que el sueño les vencía a los dos. Entonces el hermano mayor muerto recuperaba su forma de emanación y se escabullía hasta la otra habitación. Se deslizaba bajo el edredón y ocupaba el lugar del padre en el lecho, procurando no hacer ruido. No quería despertar a mamá.

Pero mamá no dormía. La madre vivía en una perenne ensoñación, desde que él muriera en el hospital, cuando al salir de cuentas el embarazo se complicó. No había podido superarlo y pasaba los días en casa conjurando su nombre, bebiendo, gritando al padre, o todo ello a la vez. Dedicada a funestos rituales domésticos.
Sin embargo su deseo de ser madre no mermó y, aunque ya no amaba al padre, pronto volvió a estar embarazada.

Antes de que los doctores le dijeran el sexo del bebé ella ya lo sabía, como no podía ser de otra manera. Y no de otra manera podía ser que la criatura se llamara igual que el hermano muerto. Y entonces le pusieron ese mismo nombre al nacer, y le acostaron en la misma cunita y le vistieron con la misma ropita que el hermano mayor. Y el niño creció llamado por su nombre, que era también el nombre de un difunto. Creció débil y enfermo, lastimero y gemebundo. La misma muerte canalla se veía en su rostro flaco, tan diferente de la salud. Espejo del infortunio. Laberinto de la calamidad.

La madre no pudo soportar su presencia y el hermano pequeño vivo pronto fue rechazado por ella. Tanto le aborrecía. Mamá se metió en la cama y no volvió a salir, sino para asomarse a la ventana y blasfemar crueles palabras y sortilegios. Para amenazar o forzar al mundo. Había vuelto a caer.

El padre se multiplicaba en sus esfuerzos: trataba de amar a su mujer, trataba de amar al bebé enfermo y trataba de amar sus recuerdos. No tenía mucho más. Y muchas veces se preguntaba consternado cuánto amor le quedaba, cuánto más podría dar. Se preguntaba si merecía la pena todo ello. Aun dormía en la cama junto a su mujer, pero jamás la tocaba. La madre le habría despedazado por haberle hecho salir de su ensoñación. Ella ya no tenía amor.




El padre se había quedado dormido, abrazado a su débil y enfermo hijo pequeño vivo. Soñando con montañas. El niño soñaba con caballitos de mar. El hermano mayor muerto ya no soñaba, él era soñado por la madre. Su nombre, como un hechizo, derruía las montañas, secaba el mar. La madre se giraba en el lecho y abrazaba la presencia maldita, esculpida en algo peor que la nada. Sobre escombros de delirios y desechos de una cotidianidad desintegrada.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Del libro de los muertos y de los que van a morir... (VI)

















Su pensamiento era una máquina de matar. La cosa permanece encerrada en la cabeza, brillando, bombeando, golpeando, corriendo loca entre las circunvoluciones de la masa cerebral. Chasqueando entre las conexiones neuronales. Pero nunca hacía nada. Su pensamiento no le pertenecía. Ni sus actos, sus hábitos o sus sentimientos. Todo le pertenece a otro. A otros. Muertos. Vivos o medio-muertos, medio-vivos. ¿Puede entonces acaso elegir?
Sus ojos se encendían, pero no podía penetrar la piel de las cosas. La piel del mundo. Tenía que conformarse con habitar la superficie, lo obvio. Se consumía con un fuego que le agotaba. Enormes, brillantes bolas de pensamiento. Se deshacían en la corriente del pensamiento global. Oh, lo que hubiera dado por convertirse en el terrorista psíquico que vaticinaban sus papás. No era más que un Oscuro. Invadido de parásitos.

En el sueño es quien desea ser: asola la ciudad, pisa las nubes y desde allí orina a la incrédula muchedumbre. Elige cuidadosamente el papel que desea representar. Sin duda, sin equivocaciones.

Después despierta y desnudo frente al espejo ensaya sus ataques psíquicos. Pone caras, hace ¡zas! y amenaza. Profetiza Su Reino del Terror, pero pronto se cansa. Y se vuelve a tumbar. Desnudo no vale demasiado. Es el hombre sin Nada de Nada. Pero no lo sabe aprovechar.

Más tarde suena el teléfono y una voz le indica lo que hay que hacer. Allí lo tiene: el signo, el momento indicado. Cree haberlo comprendido. Y se asoma a la ventana y grita y un avión cae desplomado ¿Ha sido así? ¿Ha sido su alarido o una simple casualidad? Los transeúntes fingen no haberle escuchado. Es un loco más. Sin embargo el invierno ha comenzado.

Todo ello ha sido demasiado para él. Cierra la ventana y regresa al interior de su habitación. No es un chamán, no es un guerrero psíquico. Su pensamiento era una máquina de matar. La cosa permanece encerrada en la cabeza, brillando, bombeando, golpeando, corriendo loca entre las circunvoluciones de la masa cerebral. Chasqueando entre las conexiones neuronales. Pero nunca hacía nada. Su pensamiento no le pertenecía. Ni sus actos, sus hábitos o sus sentimientos. Todo le pertenece a otro. A otros. Muertos. Vivos o medio-muertos, medio-vivos. ¿Puede entonces acaso elegir?
Sus ojos se encendían, pero no podía penetrar la piel de las cosas. La piel del mundo. Tenía que conformarse con habitar la superficie, lo obvio. Se consumía con un fuego que le agotaba. Enormes, brillantes bolas de pensamiento. Se deshacían en la corriente del pensamiento global. Oh, lo que hubiera dado por convertirse en el terrorista psíquico que vaticinaban sus papás. No era más que un Oscuro. Invadido de parásitos.